¿CUÁL ES EL TIEMPO PARA VIVIR? Por Luis Hernández Berasaluce
“El motor del tiempo y de la velocidad de nuestra vida no es más que nuestro miedo al pasado y nuestra angustia por el futuro. Vivimos de los recuerdos, de la memoria pensando en lo que no existe, en el mañana, y nos olvidamos del presente. Este es el centro de la argumentación que plantea este artículo para realizar a partir de ella una profunda reflexión sobre la rueda en la que vivimos cada día. Detengamos la rueda, propone el autor, y ganaremos la vida”.
Mañana, y mañana, y mañana/ nos
Arrastra con paso mezquino día tras
Día/ hasta la sílaba final del tiempo
Escrito./ Y el fuego de ayer ha
Iluminado para los necios/ el camino
Hasta la muerte polvorienta. ¡Apágate,
Apágate, breve llama!/ La vida no es
Si no una sombra andante, un pobre
Jugador/ que se pavonea y se ocupa de
Su hora sobre la escena/ y después no
Se recuerda más. Es un cuento/
Contado por un idiota, vano y ruidoso, /
Que no significa nada.
De la obra “Macbeth”
(Shakespeare)
En estos bellos párrafos Shakespeare nos describe la inutilidad del tiempo. Apostaría por decir que incluso llega a darse cuenta de su inexistencia. Seguramente todos nosotros vivimos una vida que se nos asemeja a una rueda. Yo mismo, antes, creía que mi vida era una rueda que giraba sin cesar debido al mundo tan difícil en el que me había tocado vivir. Los niños son educados para triunfar en un supermundo, lleno de superhombres. Omito a las mujeres porque suelen ser más juiciosas que los hombres, aunque últimamente están dejando de serlo. En este supermundo de superprofesionales, para ganarse la vida y ser alguien importante y por supuesto, ganar mucho dinero, es imprescindible trabajar mucho, ser muy responsable, estudiar como un loco y vivir intensamente la vida. Si en el mundo actual existen los metrosexuales, éstos serían los metasexuales, aunque lo único que no suelen ser es sexuales, ya que toda esa vida hace perder la libido, pero valga el término. Pues esta rueda gira locamente y nos tiene presos en ella porque salirse de su movimiento significa la muerte social del individuo, significa la indigencia. Por ello nos aferramos a ella y no osamos separamos ni un instante.
Yo, por ejemplo, cuando iba de vacaciones a una playa del sur de España, pedía que me enviaran por correo el periódico LA NUEVA ESPAÑA para poder estar enterado de lo que ocurría en la región donde vivía, no fuera a caer de la rueda, como del guindo, por haber ido de playa dos semanas. Es decir, yo estaba encantado en la rueda y si hubiera encontrado su motor, no hubiera dudado en echarle gasolina. Aunque por otro lado cada vez que aumentaba su velocidad me producía un vértigo y un desosiego que hacía replantearme mi vida. Curiosamente conocía perfectamente el motor del tiempo o de la velocidad de la rueda, pues el motor era yo mismo, cada vez que pensaba en el futuro, cada vez que ambicionaba un objetivo más complicado, cada vez que miraba al pasado y tenía miedo de perder lo que había conseguido. El motor del tiempo y de la velocidad de nuestra vida no es más que nuestro miedo al pasado y nuestra angustia por el futuro. Ese y sólo ese es el motor del tiempo.
Pensemos con nuestra mente más racional. ¿Qué es el pasado? Para saber que es, pensaremos que ayer nos ocurrió tal cosa. Pero bien pensado, eso que nos ocurrió ayer, ya no existe. Efectivamente ocurrió, pero fue ayer. Por ejemplo, vimos una «peli» muy buena. Pero la «peli» ya pasó, el pasado sólo existe en nuestro recuerdo, en nuestra mente. El pasado sólo puede existir en la mente. Yo soy una persona desmemoriada, apenas me acuerdo de nada y en una ocasión me contaron el argumento de una película, donde un señor mayor, tan desmemoriado como yo, tenía una colección enorme de fotografías de toda su vida, porque era la única manera que tenía de acordarse de su pasado. Desgraciadamente un incendio en su casa destruyó las fotografías y el pobre señor se suicida, porque había perdido su vida en el incendio. Cuando me contaron esta película, les juro que yo empecé a ordenar todas mis fotos, porque pensaba que mi vida era esas fotografías. Pero seamos maduros, ¿acaso unas fotografías del pasado son una vida? Simplemente es un aferrarse a algo inexistente, algo que ya ocurrió y que seguramente pasó tan poco vivido que no dejó huella en nosotros y por eso no nos acordamos. ¿Por qué pensamos que el pasado es nuestra vida y pasamos parte del único tiempo que tenemos, que es el del presente, perdiéndolo en melancolías del pasado? La otra parte del tiempo, que también perdemos, lo hacemos pensado en el futuro. El futuro tampoco existe, eso lo sabemos todos, el futuro es lo que queremos que ocurra, pero no es real, sin embargo no hacemos más que pensar en ello y de ahí nuestra otra pérdida del tiempo.
Si nos hacemos conscientes de la inutilidad o de la inexistencia del pasado y del futuro, acabaremos sabiendo que el único tiempo que existe es el presente, es el instante que estamos viviendo ahora, es este tiempo infinitesimal en el que estamos leyendo estas palabras en este artículo y del que estamos sacando algunas conclusiones, al menos eso espero yo. Si somos capaces de ver o de percibir el instante, el ahora, habremos parado la rueda. Porque la rueda gira, porque nosotros la hacemos girar. Nuestra vida es agitada porque vivimos en el futuro y de recuerdos del pasado y esto es lo que la hace girar. Para bajarse de la rueda, no es preciso tirarse del mundo, simplemente hay que pararla y para pararla hay que vivir el presente, hay que vivir el instante. Como diría Willigis Jager, hay que vivir el «ahora». Seguramente, más de un lector pensará que todo esto es un rollo teórico, pero que nada tiene que ver con la vida real. Pues se equivoca. Les pido que hagan un juego conmigo. Mañana por la mañana se levantarán de la cama e inmediatamente se pondrán a pensar en lo que les espera en la oficina o pensarán en la comida que van a poner o en que tienen que llevar a un niño al médico o que tienen que llamar a su madre o, o, o... Luego irán al baño y mientras evacuan los líquidos almacenados pacientemente durante toda la noche, seguirán pensando en cualquier otra actividad que les espera o les preocupa durante las próximas horas. Posteriormente se acercarán a la cocina y se preparan un café o si tienen la suerte de tener una pareja más madrugadora, se beberán el café que les han preparado y se irán a duchar y se vestirán e irán a su trabajo o lo iniciarán en su casa, pero siempre pensando en cosas que tienen que hacer o en preocupaciones próximas en el tiempo. Pues no piense más. Haga conmigo este sencillo juego. Se despierta y en vez de pensar en todo lo que le preocupa, piense en lo maravilloso que es despertarse a un nuevo día. Piense que la vida le ha sonreído, porque está vivo y porque le han concedido el premio de un día más para ser feliz. Vaya al baño, pero no vuelva a pensar cosas raras recréese en la «meada» y en el placer que supone hacerlo, porque no tiene cistitis y lo hace con amplitud y generosidad. Siga hasta la cocina y bébase el café saboreándolo dando gracias al cielo porque lo puede beber porque no carece de él. porque está sano por lo que le dé la gana, pero celebrando el acto del instante, porque cada instante es una celebración, es la celebración de la explosión de vida que contiene cada uno. Aunque no seamos conscientes de ello, cada instante de cada ser humano contiene una explosión de vida. El secreto del instante y de la felicidad es darse cuenta de ello y vivirlo. Haga este juego tan simple y se dará cuenta que la vida no pasa en balde, que la empieza a vivir y que el tiempo no existe, solamente existe la vida y su desarrollo. Se dará cuenta que vive el presente y que sólo éste existe, que lo demás son invenciones de nuestra mente que no nos procuran felicidad. Que nos hacen pasar sin vivir. Pasar, solamente pasar.
. CUENTO DE LOS AMIGOS QUE CORRÍAN.
Había una vez tres amigos que llevaban muchos años juntos. Se habían conocido de pequeños en el colegio y a pesar de ser muy diferentes, aquellos años-niños y todos los juegos que habían compartido habían solidificado en ellos una muy entrañable y sólida relación. Un día, cuando ya peinaban la cincuentena estaban cenando con sus respectivas mujeres antes del verano. Hablaban de sus vidas y de cómo cada uno de ellos la había vivido. El más inteligente de los tres, tenía una empresa de la que se sentía muy orgulloso y la que le procuraba una buena cantidad de dinero. A cambio, era una persona nerviosa, un tanto estresada y profundamente desconfiada. Otro de ellos era directivo de una multinacional y aunque no tenía tanto dinero como el primero gozaba de una posición económica muy desahogada, poseyendo una cuenta corriente más que saneada. A cambio de ello era también nervioso y estresado y padecía síndrome del ejecutivo temeroso, fruto de los tiempos delicados que le había tocado vivir. Finalmente el tercero era profesor de instituto y vivía modestamente de un sueldo de funcionario aunque se sentía muy contento con la tarea que desarrollaba y no ambicionaba ni más cargo, ni más emolumentos. Todo ello había conformado en un carácter afable y sereno.
Aquel día hablaban de ello y de las próximas vacaciones que se avecinaban. Cada uno buscaba en ellas un escape a su vida rutinaria y por eso discutían animadamente sobre cómo pasarlas y qué esperaban de ellas. En el transcurso de la conversaci6n se fueron deslizando diferencias substanciales de enfoque por lo que en un momento, uno de ellos propuso hacer una especie de competición entre los tres. Los tres irían al mismo sitio de vacaciones y a la vuelta deberían llegar a la conclusión de quién había sido más feliz en ellas. Y ese sería invitado por los otros dos. Para lo cual lo único que se imponían era ser totalmente sinceros. Dada su amistad de tantos año llegaron rápidamente al pacto. acordando ir a una playa del sur que los tres conocían. El empresario pensó rápidamente tan rápido como estaba acostumbrado que el llegara pronto a la playa tendría más tiempo que los otros para divertirse, por lo que sería más feliz que ellos. Para ello compró unos billetes de avión y embarcó a toda la familia el primer día de agosto rumbo a playa junto con la mitad de los españoles. Llegó pronto al lugar, lleno de gente, con un calor insoportable y con todo el tiempo del mundo por delante. El ejecutivo. pensó también parecido pero creyendo que con el coche evitaría los retrasos de los aeropuertos, se embarcó en el viaje abarrotando su lujoso vehículo de todos los inútiles enseres que solemos llevar a los mares de sur. También llegó muy pronto encontrando el mismo panorama que su entrañable compañero. Finalmente el profesor pensó profundamente en el tiempo. En el tiempo como medio para el ser humano y se dijo «si llego pronto a la playa ganaré ese tiempo para disfrutar en ella, pero no podré disfrutar del viaje por lo que buscaré un transporte que me permita usar mi tiempo de vacaciones para poder ser». Así, compró billetes de tren para toda su familia, de forma que pudiera conocer algunas ciudades de paso a la playa. Su viaje duró varios días y finalmente llegó junto a sus amigos. Seguidamente los tres se dispusieron a gastar el resto de su tiempo disfrutando intensamente de su amistad.
A la vuelta, se volvieron a reunir y se preguntaron por su competición: ¿quién había sido más feliz? El primero en tomar la palabra. como era su costumbre. fue el empresario. Como habían acordado ser muy sinceros, queriendo cumplir con su palabra, el empresario confesó que había corrido para llegar antes que los otros, pero que el viaje le había resultado horroroso y que el tiempo ganado en la playa, realmente lo había perdido, ya que hasta que no se reunieron los tres amigos, no lo había pasado bien. Del mismo modo habló el segundo, el directivo. aunque había llegado un poco más tarde que su buen amigo el empresario, tampoco había disfrutado del viaje y tuvo que esperar a estar los tres juntos para pasarlo realmente bien. Por último el profesor dijo que había disfrutado desde el primer instante de su viaje, porque el tiempo no se gana, ni se pierde. El tiempo es simplemente una forma de medir el paso del día a la noche y el paso de las estaciones, pero no es algo que tenga efecto en nosotros, si nosotros no queremos que lo tenga. Dijo que él sabía que disponía de unos días y que esos días debía aprovecharlos para sentirse a gusto y feliz, por ello utilizó un medio de locomoción lento y sinuoso que le permitiera conocer sitios nuevos, por lo que el propio viaje le proporcionó mucha felicidad, pero además, dada su gran amistad con los otros, todo ese viaje estuvo pensando en ellos, en cómo lo hubieran pasado los tres juntos y en cuantas cosas podría contarles y revivir con ellos, como así había sido. Ni que decir tiene que al año siguiente los tres amigos hicieron un largo viaje en barco. Por supuesto, el profesor fue invitado.
CUENTO DEL CUENTO.
Con este cuento he pretendido hacer ver el gran error de la generación actual que es la velocidad de nuestra vida. Cualquiera podría preguntarse: ¿hacía dónde? O ¿para qué? ¿Qué ganamos o qué perdemos, cuando ganamos o perdemos el tiempo? Pues la respuesta es muy sencilla: nada. El cuento es enormemente simple y lo es, porque he querido que fuera tan de Perogrullo, que cualquier lector se diera cuenta de que todavía es más «simple» quien persigue el tiempo. ¿Acaso pretende llenarse de él, o quizá pretenda almacenar todos los conocimientos y riquezas de este mundo, por lo que el tiempo se puede llegar a convertir en oro? Supongamos que tuviéramos todo el tiempo del mundo, aún nos parecería poco?, ¿querríamos más?, ¿acaso sabríamos qué hacer con tanto? Respóndase con la mayor de las sinceridades a estas preguntas y posteriormente vuelva a leer el cuento, seguramente le encontrara otro significado. LA NIÑA ARTESANA.
Había una vez una niña muy pobre que tenía que hacerse sus propios juguetes, ya que sus padres no podían comprárselos en las tiendas. La niña confeccionaba muñecas cogiendo de la basura las que encontraba en la calle. Con trapos que iba guardando, les cosía unos vestiditos que no serían los más preciosos y lujosos, pero eran los que ella hacía y eso era bastante para su satisfacción. También, con maderas de cajas, hacía casitas de muñecas y teatrillos de marionetas y coches de carreras, como si fueran karts. Era una artesana deliciosa que desgranaba todo su arte en disfrute propio y de todos los niños de su barrio, que compartían con ella juegos y juguetes. Un día se propuso hacer un concurso a imitación de uno que salía en la televisión. Hizo el mostrador del presentador, los vestidos de las azafatas y sus enormes y llamativas gafas, para lo que empleo trozos de papel de aluminio que pintaba. No faltaban los sobres con las papeletas, las preguntas, las sillas de público e incluso las cámaras de televisión de cajas de galletas. Todo en ella era creación, fruto de su limitación de recursos y de su abundancia de creatividad.
En la misma ciudad, pero alejada muchas calles y manzanas, había otra niña, hija de un matrimonio rico. Esta niña, contrariamente la anterior, disfrutaba de todos los juguetes que la industria producía. Las Barbies se contaban por decenas, sus vestidos llenaban armarios, pero de los de verdad. La bicicleta los patines, el scalextric no faltaban en el garaje de su casa. Lo mismo que la cocina de madera, la casita de muñecas y un largo etcétera de difícil exposición.
Durante el verano, cada vez que la niña rica terminaba de comer, se iba a jugar al cuarto preparado a tal fin o al jardín de su casa. Para su entretenimiento requería de al menos cinco de sus maravillosos juguetes, que debían ser sustituidos rápidamente por nuevos cinco, ya que la duración de sus juegos se reducía escandalosamente en la medida que avanzaba rnínimamente la tarde. Por el contrario, la niña pobre iniciaba su juego al mismo tiempo, pero en aquella tarde era incapaz de terminarlo. Cada juego podía llevarle una semana o más, ya que solamente el pensarlo le podría ocupar los primeros días, luego venía la recolección de materias, la fabricación de elementos y finalmente el disfrute compartido con los amigos. Su tiempo sí que era oro, porque oro era lo que salía de sus manos y se repartía entre su corazón y los corazones de sus amiguitos. CUENTO DEL CUENTO.
En este nuevo cuento vuelvo a querer incidir en la relatividad del tiempo. En este caso me parece que podríamos aplicar la frase: ¿acaso sabríamos qué hacer con tanto tiempo? La niña rica tenía tiempo, pero ¿para qué lo quería?, se aburría. Sin embargo a la niña pobre le faltaba tiempo para ocupar todo su ingenio y compartirlo con los demás. Una vez más nos debemos preguntar, ¿qué es el tiempo? Y de verdad, ¿no lo estaremos utilizando como auto justificante de pensamientos o comportamientos que sabemos equivocados?
Para finalizar un pequeño consejo. El tiempo es como el agua. ¿Alguna vez habrán querido coger agua con las manos? Para ello no lo habrán hecho ni rápida, ni violentamente, lo habrán hecho con calma y suavidad, ahuecando la palma de su mano y procurando que el movimiento no haga verter el líquido. Es decir, penetrando en el agua y cogiendo una pequeña parte de ella, casi sin que se entere. Pues con el tiempo, hay que obrar de la misma manera. Si intentamos coger grandes cantidades de tiempo o hacerlo de forma enérgica, como ocurre con algunos personajes de los cuentos, nos daremos cuenta que no vamos a capturar ninguna cantidad. Sin embargo, si suavemente nos introducimos en el tiempo y somos poco ambiciosos, el propio tiempo nos permitirá disfrutar de él. Si nos damos cuenta, esa pequeña cantidad que va a permitimos capturar es el presente, que es el único tiempo que existe y del que podemos disfrutar. Quién quiera capturar el futuro o almacenar el pasado, sale del agua con las manos vacías.